Las doradas playas que se extienden desde el mismísimo pueblo de Huasco esconden historias antiquísimas. Y cómo no, si los asentamientos más arcaicos datan de la época incaica cuando el imperio fundía diversos minerales existentes en la zona.

Desde entonces fue visitada consecutivamente por Pedro de Valdivia, corsarios holandeses, los posteriores colonos españoles y los exploradores chilenos de principios del siglo XIX que siguieron extendiendo la veta minera que siempre ha predominado en la zona.

Ahora los tiempos son otros. Sigue siendo una de las principales producciones de la región los derivados mineros, sin embargo el turismo ha florecido tanto como sus desiertos tras la lluvia, mostrando en sus olvidadas playas, humedales ignotos, puertos industriales grandiosos y fantasmagóricos, el magnífico clima imperante o un litoral que provee mariscos y pescados para deleitar a cualquier paladar, atributos suficientes para encantar a cualquier visitante.

Centro-Centro
Llegar a Huasco implica una sorpresa. Casi todas las calles largas son paralelas al mar, mientras las calles cortas dan directamente sobre el océano con que limita la ciudad. Su trazado difiere a otras ciudades costeras.

Su iglesia principal es diferente, ya que la San Pedro asemeja a la proa alba de un gran navío en medio de una plazoleta llena de palmeras. La disposición de Huasco es extremadamente novedosa ya que con la costanera recientemente construida le otorga una categoría distintiva: es de los pocos pueblos que no le da la espalda al mar y que, directamente, lo enfrenta, abriendo toda una panorámica abrumadora sobre el Pacífico.

Es más, desde la costanera es posible recorrer prácticamente todo el trazado urbano desde el muelle artesanal, en que se exhiben antiguas grúas de carga y hay variopintos restaurantes que ofrecen los frutos del mar, hasta el faro que marca el fin de la peatonal y el comienzo de monumentales playas que siguen hacia el norte.

Si anda con tiempo, es altamente recomendable sentarse en una de las bancas que están en la ciudad y ver el pausado transitar de alguno de sus casi ocho mil habitantes curtidísimos por el sol, mientras se come un paquete de papas fritas tan clásicas de los boliches de la zona, flanqueado por antiguas edificaciones que se han mantenido durante años.